Chipinque, más allá de la reserva

Texto a partir de conversación oral con Oswaldo Zurita-Zaragoza, miembro del Patronato de la Reserva Natural Chipinque.
Reservamos una mesa en un restaurante, una noche de hotel o una experiencia deseada. Cuando algo se reserva, se sustrae del flujo normal de las cosas: le decimos al mundo que ese espacio no está disponible para cualquier uso, sino guardado para un propósito específico. Es una palabra que implica anticipación, casi una promesa. Por eso el cambio de nombre que vivió Chipinque hace apenas un año no fue solo un trámite administrativo: dejó de llamarse Parque Ecológico Chipinque, nombre que apelaba a la recreación en la naturaleza, para cx|onvertirse en la Reserva Natural Chipinque. Una reserva invita a la conservación, a la protección de la vida.
Vale la pena preguntarse qué significa, a nivel mundial, que sigamos creando reservas naturales. ¿Es una forma de admitir que ya perdimos la batalla —que somos, como especie, depredadores de nuestro propio territorio, y que apartar unas hectáreas es lo único que nos queda—? O, más generosamente, ¿es el inicio de una nueva forma de habitar, un lugar desde donde empezar a crecer y conectar de forma diferente? La historia misma de Chipinque parece inclinar la balanza hacia la segunda lectura.
El territorio que hoy ocupa la reserva perteneció, hace casi cien años, al general Juan Andreu Almazán, quien estuvo a punto de ser presidente de México en 1940. De ahí pasó a una familia local, luego el gobierno estatal lo expropió para frenar la urbanización —un punto ganado, pero insuficiente, porque expropiar no es lo mismo que conservar—. Fue un grupo de empresarios que, en conjunto con las autoridades, formalizaron una asociación de beneficencia pública para definir la vocación de este territorio como un sitio de conservación de la biodiversidad y el paisaje. Hoy, treinta y tantos años después, este es un proyecto en el que participan empresas, gobierno y sociedad civil. La Reserva Natural Chipinque, con sus 1,791 hectáreas (apenas el 1% del Parque Nacional Cumbres de Monterrey) es un ejemplo nacional de gestión de una área natural protegida.
Hay quien pregunta, con razón, por qué intervenir un espacio natural en absoluto. ¿No sería mejor dejarlo virgen, sin caminos, sin visitantes? Es una discusión que ha surgido hacia el interior de la organización, y que ha derivado en esta reflexión: los seres humanos son parte de la naturaleza, y como cualquier otro servivo tienen derecho a habitarla y conectar con ella. Lo que sí debemos elegir y controlar es el impacto que se deja a su paso. Ahí está la verdadera labor: no en la pregunta de si permitir el acceso o no, sino en la de cómo conectamos seres humanos con la naturaleza en la que habitamos.
Vivimos, además, rodeados de tecnologías dinámicas que nos exigen atención constante —el celular que reclama respuesta, el trabajo que se cuela por la pantalla incluso en fin de semana— frente a otras pasivas, que simplemente están al servicio de quien las usa sin pedir nada a cambio. Una reserva natural cercana a la ciudad como Chipinque es, en ese sentido, un refugio ante esta demanda de atención tecnológica, es un sitio que nos da mucho más de lo que nos pide a cambio.
Chipinque es también un ensayo de ciudad. En sus 1,791 hectáreas se prueban estrategias sobre cómo financiar la conservación, cómo reducir los impactos de los visitantes, cómo conectar con la ciudad más allá de los límites físicos de la reserva y cómo tejer alianzas en distintos ámbitos que fomenten y permitan la conservación a largo plazo.
La pregunta que queda abierta es si, como sociedad, estamos dispuestos a que ese ensayo trascienda las 1,791 hectáreas. Sabemos cohabitar con la montaña ahí arriba, con guardabosques y rutas señalizadas. ¿Sabremos aplicar esas mismas lecciones —impacto medido, conservación financiada colectivamente— cuando bajemos de nuevo a la ciudad que diseñamos todos los días?




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