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Una revolución digital más humana
 

Tiempo de lectura: 6 minutos

La Iglesia Católica publica su primera encíclica sobre inteligencia artificial, y lo hace desde una institución que suele ser tajante en su conservadurismo moral. “Magnifica Humanitas”, escrita por el Papa León XIV, extiende un principio clásico de la doctrina clásica —el destino universal de los bienes— a un terreno moderno digital: los datos, los algoritmos y las plataformas digitales. Bajo esta lógica, la herramienta puede tanto servir al desarrollo humano integral como permanecer concentrado en pocas manos, propiciando la desigualdad. El manifiesto de la Iniciativa Capitalismo Social dialoga con esta idea desde la práctica empresarial. De ahí surge el cuestionamiento que se analiza en este artículo: ¿puede la revolución digital orientarse hacia la persona?

“La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva”. Así eligió el Papa León XIV, el nuevo sumo pontífice, dar comienzo a su primera carta encíclica: Magnifica Humanitas, donde aborda la protección de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Es cierto, la influencia de esta herramienta es cada vez más pronunciada en nuestra sociedad, a un ritmo al que aún no tenemos precedentes.

 

Además, esta encíclica corresponde a una línea genealógica deliberada. En el mes en el que se firmó coincide con dos encíclicas pasadas: Rerum Novarum de León XIII, que respondía a la revolución industrial del siglo 19; y Laudato Si, donde el Papa precedente, Francisco, advertía acerca de la crisis climática. Cada papa, su propia revolución. 

 

Entre los términos que más acapararon la atención de la encíclica está uno especialmente fuerte: la necesidad de “desarmar” la inteligencia artificial. Y su uso no fue casual. El propio Papa declaró que la palabra fue escogida deliberadamente, porque este momento exige palabras capaces de captar la atención. ¿Qué nos deja a reflexionar este documento?

 

 

El debate que abre la encíclica

 

La postura moral de la Iglesia Católica suele ser tajante en su conservadurismo. Y sin embargo, que decida sumarse a esta conversación contemporánea —que nos incluye a todos— no deja de sorprender. La misma Doctrina Social de la Iglesia reconoce la vitalidad de comprender los desafíos contemporáneos que surgen en la historia sobre los principios constantes. 

 

Lejos de limitarse a advertir o rechazar, esta encíclica confirma que la Iglesia sigue siendo un actor relevante en el debate social de su época: donde antes habló de bioética, globalización o cambio climático, hoy habla de inteligencia artificial. Y su mensaje no busca frenar el avance digital, sino reorientar la narrativa hacia una más humana

Dividida en cinco capítulos, Magnifica Humanitas construye su argumento de forma progresiva acerca de la disyuntiva actual de la humanidad. En su introducción, el Papa presenta la idea central: “la técnica no debe considerarse, en sí misma, como una fuerza antagónica respecto a la persona”. En el primero, se repasa la metodología de la Doctrina Social de la Iglesia como “un camino de discernimiento comunitario”: una reflexión abierta al diálogo, más que un manual de normas fijas. En el segundo, recupera los principios clásicos de su institución: la dignidad de la persona como imagen de Dios, el bien común, el destino universal de los bienes, entre otros. Es a través de estos cimientos que construye su argumento frente a la herramienta digital.

 

Pero lo más revolucionario, que realmente distingue a esta encíclica de sus predecesoras, aparece cuando la doctrina social clásica se enfrenta a la economía digital actual. Tradicionalmente, la Iglesia ha defendido el “destino universal de los bienes”: la propiedad privada es legítima, siempre que los recursos de la Tierra beneficien, en última instancia, a toda la humanidad. Aunque ese principio haya nacido pensado en la tierra, el agua o el trabajo, su propósito se extiende en Magnifica Humanitas. Por primera vez, se consideran los bienes intangibles dentro de la ecuación —los datos, algoritmos, plataformas, patentes, infraestructura tecnológica. Y advierte que su concentración en pocas manos genera un nuevo tipo de desigualdad, contrario a ese mismo principio.

 

Es un giro potente, y quizás su contribución más original, puesto que traslada la idea clásica de justicia distributiva al terreno digital. Cuando antes el recurso que más generaba riqueza era la tierra o el petróleo; hoy son los datos de millones de personas. Entonces, una gran pregunta que plantea la encíclica es: ¿aplicaría el destino universal de los bienes también a quien posee los algoritmos?

 

El núcleo de la carta llega en el tercer capítulo. Ahí el Papa aplaude el valor de la revolución digital, proclamándola como una gran manifestación de la creatividad humana. Además, recuerda que la tecnología “no es una fuerza antagónica respecto a la persona”. 

 

A su vez, no deja de advertir sobre sus límites: la inteligencia artificial no debe “erigirse en criterio absoluto de juicio”. Y sostiene que esta herramienta digital, por su incapacidad de experimentar sentimientos, experiencias y valores, no puede asumir una responsabilidad sobre la conciencia humana —y mucho menos supremacía sobre ella. La inteligencia artificial tiene como propósito optimizar y solucionar de forma eficiente, pero no puede asumir el peso moral de una decisión.

 

Ahí se revela el concepto más importante de este argumento: el desarrollo humano integral. Para León XIV, la herramienta debe situarse al servicio de la persona —y no de la otra forma.

 

Un diálogo entre dos perspectivas

 

El manifiesto de la Iniciativa Capitalismo Social se puede comprender como una aplicación empresarial contemporánea, en gran medida, partiendo de esta misma doctrina social clásica. A su vez, Magnifica Humanitas comienza a extender esa doctrina al terreno de la economía digital. Por esta razón, más allá de compartir visión con respecto al desarrollo integral, ambos textos se complementan en un momento donde el cambio tecnológico representa incertidumbre. Y, donde las preguntas sobre el capitalismo se transforman continuamente.

 

La encíclica introduce un debate: presenta nuevamente los principios clásicos de la doctrina social y cuestiona el significado del bien común cuando el recurso más valioso de nuestra sociedad ha cambiado. Antes la pregunta hacía hincapié únicamente en la justicia de salarios dignos; hoy en día también se cuestiona la integridad de una empresa al concentrar datos de millones de personas, quién debe beneficiarse de la inteligencia artificial o cómo evitar un incremento en desigualdad causado por algoritmos. Hay todo un horizonte de preguntas éticas que la encíclica amplía.

 

Por su lado, ICS observa con visor de empresario. A través de sus cuatro pilares, —libre emprendimiento, dignidad humana, compromiso social, liderazgo humanista— imagina de la empresa un agente de transformación. Traslada los principios clásicos hacia el lenguaje de quien dirige un negocio. Y ahí se encuentra la convergencia: mientras Magnifica Humanitas amplía el alcance ético de la doctrina social hacia bienes digitales, el manifiesto de ICS se concentra en renovar el propósito empresarial y el liderazgo humanista. 

 

Ambos sitúan la dignidad humana y el bien común en el centro de la actividad económica, pero dialogan desde planos distintos: la encíclica explora el horizonte normativo frente a los desafíos de la economía digital; ICS comprende estos principios en una visión del empresario como agente de transformación social.

 

Esta discusión no es hipotética. En el reporte anual del Instituto Stanford para la IA centrada en el ser humano (HAI), los datos afirman que la brecha entre capacidad y responsabilidad se está ensanchando: mientras incidentes documentados de IA aumentan, la industria tecnológica es cada vez menos transparente sobre cómo entrena sus modelos. Además, el reporte advierte que las ganancias de productividad de la IA aparecen en los mismos campos donde el empleo de nivel inicial está en caída. Es exactamente la advertencia que presenta León XIV en su cuarto capítulo: “Las nuevas formas de trabajar no son necesariamente las mejores”.

 

¿Y sí veremos un cambio?

 

En 2015, el Papa Francisco publicó Laudato Si: una encíclica que advirtió al mundo sobre la crisis climática. Ocho años después, en 2023, expresó públicamente su decepción ante la inacción de la sociedad. Es entonces que ahora muchos se preguntan si León XIV se enfrentará ante la misma desilusión en un futuro. Sin embargo, aquí el problema no recae en una colectividad dispersa como es el caso del clima: el rumbo de la inteligencia artificial queda en manos de un puñado de empresas y países. 

 

El debate que presenta Magnifica Humanitas —y que el manifiesto de ICS intenta comprender desde la práctica empresarial— va más allá de discernir nuestras intenciones sobre el desarrollo humano integral. Nos invita a indagar más profundamente y cuestionar a los actores que concentran el poder sobre los datos y los algoritmos. ¿Tienen ellos algún incentivo real para compartirlo?

 

Es ahí, más que en la doctrina, donde se decide si esta revolución digital termina siendo, como insiste el Papa, más humana.

 

Bibliografía:
 

 

 

  • Sajadieh, S., Fattorini, L., Perrault, R., Gil, Y., Parli, V., Santarlasci, L., Pava, J., Maslej, N., Altman, R., Brynjolfsson, E., Brodley, C., Clark, J., Dignum, V., Kumar, V., Landay, J., Lyons, T., Manyika, J., Niebles, J. C., Shoham, Y., Tabassi, E., Wald, R., Walsh, T., & Weld, D. (2026). Artificial Intelligence Index Report 2026. Stanford Institute for Human-Centered Artificial Intelligence (HAI). https://hai.stanford.edu/ai-index/2026-ai-index-report 

 

 

 

 

 

 

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