
Capitalismo Social,
una base para mirar al futuro
Por: César Salinas Márquez
Tiempo de lectura: 19 minutos


Este modelo es más que una teoría idealista, pues se ha aplicado con menor o mayor suerte en distintas partes del mundo, como en el caso mexicano. Uno de sus casos más destacados fue la experiencia de Monterrey, en donde observaremos el desarrollo histórico de este capitalismo social
El capitalismo tiene más críticos que defensores, e incluso muchos de sus simpatizantes evitan mencionar el concepto o reconocerse como capitalistas. La razón es que a pesar de que este sistema ha demostrado incuestionables logros económicos y sociales en los últimos dos siglos, también ha permitido excesos como grandes brechas de desigualdad, corrupción, daños al medioambiente, y desatención a las necesidades e intereses de los grupos involucrados.
Lo anterior provoca la idea de que el capitalismo solamente beneficia a los accionistas, quienes (se dice), están dispuestos a hacer lo que sea necesario para obtener ganancias a corto plazo, sin reparos éticos, legales o morales. En esta fotografía crítica los empresarios aparecen como los conductores de una aplanadora que destruye todos los obstáculos que le impiden llegar a su meta.
Sin embargo, ni todo el capitalismo es salvaje, ni todos los empresarios son seres insensibles. En realidad, el capitalismo fue diseñado como un sistema en libertad que permite generar riqueza en colaboración con otros, con el único propósito de que todos los involucrados se beneficien.
El empresario es el líder que organiza todos los factores que influyen en el negocio, y para lograr los objetivos emprende, invierte, toma riesgos, organiza, gestiona, motiva y trabaja. Al hacer esto, sabe que debe garantizar el respeto a la dignidad humana de todos los involucrados, pues las personas no fueron creadas para beneficiar al negocio, sino el negocio para beneficiar a las personas.
Pero además de su labor dentro de la empresa, el empresario está consciente de que tiene un compromiso social, pues la empresa forma parte de una comunidad en la cual realiza sus actividades, utiliza su infraestructura y recursos, y emplea a su talento y proveedores. También es cierto que el negocio es afectado positiva o negativamente por lo que sucede en su entorno, por lo que beneficiar a la comunidad es a la vez una obligación y una necesidad para prosperar. Si a la comunidad le va bien, a la empresa también, y viceversa.
Finalmente, el empresario comprende que al estar al mando de un negocio, es indudablemente un líder con cualidades probadas, las cuales puede poner a disposición de los demás. Desde la empresa se tienen grandes posibilidades de beneficiar directamente a las personas de una comunidad, fomentando su bienestar, y el empresario es un ciudadano con mayores recursos, habilidades y medios para tener una repercusión relevante en su entorno.
Las características descritas hasta este punto son los pilares fundamentales de lo que llamamos Capitalismo Social: libre emprendimiento, respeto a la dignidad humana, compromiso social y liderazgo humanista.
Este modelo es más que una teoría idealista, pues se ha aplicado con menor o mayor suerte en distintas partes del mundo, como en el caso mexicano. Uno de sus casos más destacados fue la experiencia de Monterrey, en donde observaremos el desarrollo histórico de este capitalismo social.
Una historia de generaciones
Más que analizar a teóricos, economistas e intelectuales, seguiremos directamente los pasos de los empresarios que pusieron en práctica los principios del capitalismo social en una ciudad latinoamericana (Monterrey), cuyo resultado fue la creación de riqueza y bienestar a la par. Para ello veremos un estudio de generaciones, desde la implementación del capitalismo industrial hasta la época moderna.
Para ello, hemos definido cuatro generaciones entre 1850 y 1994, dividiéndolas por los periodos en los que las personas consideradas estuvieron al mando de las compañías: empresarios pioneros, empresarios de transición, empresarios sociales y empresarios resilientes.

Empresarios pioneros (1850-1899)
Los empresarios pioneros fueron quienes iniciaron negocios con inversiones considerables, contando con un lugar fijo de operaciones, y un número alto de trabajadores. En general se dedicaron al comercio y la industria, aprovechando la cercanía con los Estados Unidos, las condiciones favorables para el libre intercambio a nivel internacional, y las condiciones establecidas durante el Porfiriato (relativa paz, mayor infraestructura de transporte y comunicaciones, y estímulo a la inversión nacional y extranjera).
La mayoría de ellos provenían del extranjero, y tan solo una pequeña parte eran mexicanos, destacando entre ellos José Calderón, Mariano Hernández, Evaristo Madero, Patricio Milmo y Valentín Rivero.
En cuanto a edades, nacieron entre 1790 y 1840. En esta generación se observa la puesta en marcha del primer principio del capitalismo social, el libre emprendimiento, pues se puso énfasis en crear negocios que propiciaron la transformación de la ciudad.
Estos empresarios fueron sagaces al identificar las oportunidades de negocio para levantar empresas en aquello que podían producir o comerciar por primera vez en la zona, por lo que el éxito era incierto. Sin embargo, su visión de negocio fue a largo plazo, y cuando obtenían ganancias suficientes las ahorraban para reinvertir.
Los empresarios fueron aprendiendo sobre la marcha, pues para la mayoría era su primera vez como inversionistas en la industria. No obstante, se mantuvieron aprendiendo, pasaron la mayor parte de su tiempo en la propia empresa, involucraron a personas expertas, se integraron entre sí para apoyarse, y tuvieron que probar el fracaso y reponerse.
Una de sus características principales fue que se convirtieron en mentores de nuevos empresarios, siendo cazadores de talento que sumaron a sus negocios. Algunas de las principales empresas de Nuevo León fueron La Fama, Fábrica de azúcar La Constancia, Hernández Hermanos, El Porvenir, La Leona y La Reinera.
Su enfoque absoluto al negocio hizo que su postura social fuera solamente la caridad personal, apoyando distintas causas, pero esto no se manifestó en un mejor trato para sus colaboradores ni en una preocupación por su bienestar, salvo honradas excepciones, siendo acusados de no compartir los beneficios de la empresa, lo que motivó conflictos obreros y crítica social.

Empresarios de transición (1890-1929)
Los empresarios de transición fueron los fundadores de las grandes empresas que dominaron el escenario económico de Nuevo León y despuntaron a nivel nacional. Sus compañías impulsaron a otros negocios, y se convirtieron en símbolos de la industria mexicana, permaneciendo muchas de ellas todavía en operación. Este grupo fue la transición entre un régimen que fomentó las condiciones para que hicieran negocios (Porfiriato), a uno que les exigió una forma más justa de distribuir riqueza (Revolución Mexicana).
Los miembros de esta generación nacieron entre los años cuarenta y setenta del siglo XIX. Una parte de ellos eran extranjeros, aunque hubo un mayor número de mexicanos. Entre ellos destacaron Manuel Cantú, Isaac Garza, José Muguerza, Adolfo Prieto, Joseph Robertson, Francisco G. Sada y Luis G. Sada.
Estos empresarios emprendieron durante toda su vida. Del mismo modo que sus antecesores, aprovecharon el auge del comercio, la llegada de inversión extranjera, y las innovaciones tecnológicas. Gracias a ello transitaron del comercio a la industria, creando grandes empresas que atrajeron a miles de personas de otros estados de la República. Entre las compañías destacaron Cervecería Cuauhtémoc, Fundidora Monterrey, Ladrillera Monterrey, Vidriera Monterrey, y Cementos Hidalgo.
Aunque el libre emprendimiento había generado frutos, el problema era que la mayor parte de las ganancias se quedaban en manos de los accionistas, es decir, hubo producción de riqueza sin justicia social. La situación de los obreros era precaria, con salarios bajos, desprotección legal, y mínimas oportunidades para progresar.
Esto fue uno de los motivos de la Revolución Mexicana, que por un lado tuvo repercusiones negativas en el funcionamiento de las empresas, y por el otro obligó a los empresarios a reinventar la forma de llevar el negocio, adoptando el respeto a la dignidad humana y el alto contacto con sus colaboradores.
Las leyes establecidas a partir de 1917 establecieron los derechos mínimos que debían otorgarse a los trabajadores, y desde la empresa se promovió el respeto a la dignidad de los colaboradores, y una filosofía social filantrópica sustentada en motivos personales. Pese a ello, el tiempo nuevo exigía justicia social, y los empresarios entendieron que solo tenían dos opciones: cambiar para buscar la cooperación de sus colaboradores y el reconocimiento social a la labor empresarial, o afrontar el inevitable conflicto obrero, el descrédito y la presión de sus comunidades y el gobierno.
Se decidieron por lo primero, especialmente cuando los rendimientos de las empresas se recuperaron. Fue por ello que comenzaron a tener mayor presencia en el campo social, aunque no lo hicieron con la rapidez o la efectividad que los trabajadores exigían. Por esta razón surgió el llamado empresarial para proteger el libre emprendimiento, buscando demostrar que el capitalismo podía “humanizarse” al establecer una postura que beneficiara a los colaboradores.

Empresarios sociales (1930-1970)
Los empresarios sociales fueron quienes encabezaron las principales empresas de Nuevo León después de la Revolución Mexicana, siguiendo los cuatro principios del capitalismo social: libre emprendimiento, respeto a la dignidad humana, compromiso social y liderazgo humanista. Viviendo una época de oro en la economía mexicana, la mayoría de ellos nacieron en Monterrey entre los años ochenta y noventa del siglo XIX, y accedieron a buena educación que les permitió ser excelentes administradores.
Al igual que sus antecesores, fueron formadores de empresas, entre las que destacaron Bebidas Internacionales (actual Arca), Cementos Mexicanos, Casa Chapa, Hylsa, Berel, Cydsa, Trailers Monterrey, Cuprum, Galletera Mexicana y Conductores Monterrey, además de instituciones financieras. Entre los empresarios sociales destacaron Eugenio Garza Sada, Roberto Garza Sada, Manuel L. Barragán, Bernardo Elosúa, Andrés Chapa, Rómulo Garza, Rosario Garza Sada, Joel Rocha, Carlos Prieto, y Antonio L. Rodríguez.
Los miembros de esta generación se enfrentaron al gran reto de la desigualdad social, y el activismo social de obreros, campesinos y estudiantes exigía una mejora calidad de vida.
Ante este panorama, los empresarios sociales se enfocaron en reconstruir al país a través de instituciones (económicas, políticas, educativas, culturales, sociales, asistenciales, etc.) que beneficiaran a sus comunidades. Fueron críticos del capitalismo salvaje, y en su lugar hicieron énfasis en que la sociedad y su bienestar debían estar por encima del sistema económico, porque éste había sido creado para mejorar el nivel de vida de las personas.
Además, destacaron por tener una influencia en la vida social de la comunidad en donde tuvieron operaciones. Destacaron como filántropos en el ámbito personal, pero también formalizaron una postura de respeto a la dignidad humana, entendida como la intención de satisfacer desde la empresa las necesidades primordiales de los trabajadores y sus familias, y crear programas que permitieran desarrollarse integralmente, yendo más allá de lo que exigían las leyes y los sindicatos.
Por ello, afirmaron que la desigualdad podría evitarse si se respeta la dignidad humana, se promueve la cooperación de clases, se impulsa la subsidiariedad, se garantiza el compromiso social de la empresa, y se practica un liderazgo humanista por parte de los empresarios como una responsabilidad individual.

Empresarios resilientes (1974-1994)
Los empresarios resilientes fueron la transición entre el boom económico de México, y un continuo periodo de crisis económicas. A pesar de esto, tuvieron la capacidad de levantar sus negocios, y conservaron las ideas del capitalismo social.
Casi en su totalidad, los empresarios resilientes de Nuevo León nacieron en Monterrey durante las décadas de 1920 y 1930. Entre ellos destacaron Eugenio Garza Lagüera, Bernardo Garza Sada, Alejandro Chapa, Alejandro Garza Lagüera, Humberto Lobo, César Gutiérrez, Andrés Marcelo Sada, Adrián Sada, Alberto Santos, y Lorenzo Zambrano.
Por lo general fueron segunda o tercera generación de empresarios, y entre las empresas más destacadas estuvieron Fabricación de Máquinas, Protexa, Madisa, DEACERO, Grupo Alfa, FEMSA, ARCA y Gamesa.
Los miembros de esta generación destacaron por expander los negocios a nivel internacional, desarrollar un pensamiento empresarial que recogió la filosofía de los empresarios sociales, participar directamente en la política, ser parte del liderazgo empresarial nacional en organismos intermedios, y su preocupación por el medio ambiente y el fortalecimiento de la sociedad civil.
Por otro lado, se esforzaron por continuar el modelo de capitalismo social frente a las crisis, yendo en contra de la tendencia neoliberal, criticando la idea prevaleciente de que la empresa solo debe enfocarse en ser rentable. Los miembros de esta generación decidieron continuar y modernizar los programas de beneficio a sus colaboradores, y fueron líderes en sus comunidades, lo que los ayudó a mantener sus negocios a flote a pesar de la globalización y las crisis económicas.
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¿Cómo será mi generación?
El escenario mundial ha cambiado profundamente desde los años 90, y el empresariado actual deberá decidir cómo afrontar las circunstancias, y establecer una postura para actuar. La actual diversificación del liderazgo empresarial hace que el tema de liderazgo desde los negocios sea un tema de interés para los emprendedores de las PYMES y los líderes de las empresas de gran tamaño.
Las preguntas pueden ser: ¿cómo será recordada nuestra generación? ¿Con qué características? ¿Qué estamos dispuestos a hacer para dejar un legado benéfico?
La experiencia mexicana en Monterrey nos enseña que el capitalismo es un modelo que indudablemente genera riqueza, pero no debe dejarse sin regulación. Al contrario, se debe procurar que el beneficio llegue a todos los grupos involucrados. Si el empresariado del pasado pudo renovar su postura laboral, rol social de la empresa, y liderazgo en la comunidad, claramente hoy se puede hacer lo mismo, tomando en cuenta el contexto moderno.
Debemos reconocer que el objetivo de los negocios debe incluir la generación de bienestar económico y social al mismo tiempo, no solo ganancias para los accionistas, ya que la actividad económica existe para beneficiar a las personas, no al revés. Es por ello que la inversión en el compromiso social no es un obstáculo para el éxito, sino una necesidad para alcanzarlo. El enriquecimiento de pocos y la miseria de los más no puede ser el camino.
Es importante destacar que los empresarios que pusieron en práctica el capitalismo social no fueron personas iluminadas, ajenas a este mundo, sino ciudadanos que se comprometieron a asumir un rol de liderazgo. Algunos usaron sus privilegios para servir a la sociedad, y otros surgieron de orígenes modestos, y buscaron garantizar a los demás los medios que ellos no tuvieron a temprana edad.
Todos ellos conjugaron el beneficio individual con el de la colectividad, y ganaron un buen nombre en el proceso, sirviendo de ejemplo e inspiración a las siguientes generaciones, formando un círculo virtuoso. Entendieron que el éxito personal no era solamente volverse ricos, sino ser motores de bienestar.
Un buen inicio para quienes desean hacer una diferencia en su entorno a través de la empresa, es mantener vigentes los pilares del capitalismo social: libre emprendimiento, respeto a la dignidad humana, compromiso social y liderazgo humanista.
Fuente
Este texto es una síntesis del libro “Capitalismo Social. Legado empresarial de Monterrey”, escrito por César Salinas Márquez, y publicado en el 2020 por el Centro Eugenio Garza Sada, la Universidad Regiomontana, la Universidad Autónoma de Nuevo León, y el Tec de Monterrey.
Sobre el autor
César Salinas Márquez es un historiador regiomontano, especialista en archivos de líderes mexicanos, e historia de empresarios y empresas. Estudió la Licenciatura en Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León, y ha trabajado en instituciones públicas y privadas como docente e investigador.
Desde el 2011, es Coordinador de Acervos e Investigación en el Centro Eugenio Garza Sada, en donde formó el Centro de Información sobre el Desarrollo Económico y Social que ha rescatado más de medio millón de documentos. Asimismo, ha publicado artículos y libros, e impartido conferencias en torno a los temas de capitalismo social y liderazgo humanista.
